26 mayo, 2013

My heart is where you are.

Hoy hace ya doscientos diecinueve días. Casi siete meses y medio.
Ese es el tiempo que ha pasado desde la última vez que nos vimos tú y yo, uno frente al otro, tus pupilas reflejadas en las mías. Un total de 5.256 horas que se me han hecho eternas porque, en cada uno de esos segundos, tú no estabas conmigo.
Estamos ya en julio. Este año ha pasado arrastrándose, poco a poco, avanzando tan despacio que casi podía sentir su movimiento en los huesos.
 ¿Recuerdas tu promesa? Me juraste que la noche de la lluvia de estrellas estaríamos juntos.
Ahora, tumbada sobre la hierba en nuestro claro particular, el que se esconde en medio del bosque en ninguna parte y al que solo sabemos llegar tú y yo, veo las estrellas fugaces cruzar el cielo negro y tú no estás a mi lado.
Doscientos diecinueve días después, sigues perdido en alguna parte del mundo, investigando y tratando de buscar una salida al problema energético que asfixia a nuestro planeta, aunque con escaso resultado.
Y yo sigo echándote de menos, como haré durante el resto de días en los que faltes.
Pensé que durante este momento, estando sola cuando siempre imaginé que tú estarías a mi lado, estrechándome contra tu pecho y susurrándome al oído todos los deseos que las estrellas fugaces cargarían consigo, me sentiría triste. Que la soledad se me colaría en la caja torácica y me apretaría el corazón. Que no sería capaz de aguantar tu ausencia sin derramar un río de lágrimas capaz de ahogarme.
Pero estaba equivocada. A pesar de que no podría desear ninguna otra cosa como quiero verte de nuevo, besarte, perderme en tus iris azules, oler tu perfume a madera y hombre, y tocarte tu cara para asegurarme de que no se trata de un sueño, no me siento sola esta noche.
Supongo que te preguntarás por qué.
Simplemente, me he dado cuenta de que, en alguna parte, estés donde estés, tú también estás bajo el mismo cielo que yo. Y que, probablemente, las estrellas también pasarán por tu lado del mundo y con ellas irán todos mis deseos, todos mis sueños, y que se encargarán de asegurarte que todo va bien, que aunque te extraño con todas mis fuerzas, la vida sigue adelante. Que sigo esperándote, que siempre lo haré.
Y tú podrás pedirle tus deseos y, quién sabe, quizá se cumplan.
Hoy he descubierto que nunca podré estar sola, porque mi corazón está donde quiera que tú estés. Tu recuerdo vive bajo mis uñas y en la comisura de todas mis sonrisas, así que, cariño, en realidad nunca me faltas. Solo que no te tengo por completo, solo las partes de ti que conservo dentro de mí, como una reminiscencia que espera tu regreso para estar entera de nuevo.
No importa cuánto tardes, cuántas vueltas tengas que dar al mundo, aquí estaré cuando termines. Y todos los meses de julio, vendré a nuestro prado para pedirle a las estrellas fugaces que, por favor, por favor, no me dejes echarte de menos mucho más tiempo.

I think of you tonight… Oh, darling… I wish you were here.



Vainilla twilight (la última frase en inglés está directamente extraída de esa canción).

17 marzo, 2013

Por ti, me lanzo de cabeza al desastre.


Agarré el café con fuerza entre mis manos e inspiré hondo, en un intento desesperado por reunir el coraje que sabía que iba a necesitar.
El sonido de la cafetería me rodeaba. El tintineo de la caja registradora cada vez que el camarero cobraba un pedido. Las charlas insustanciales, las risas. La mujer de la mesa del fondo a la derecha que no paraba de toser, probablemente víctima de alguna de las enfermedades que siempre venían acompañando al frío de Diciembre. De fondo, en un volumen tan bajo que apenas se podían distinguir los acordes, sonaba una canción suave, impregnada de dulzura.
Cada vez que alguien entraba en la cafetería, la campanilla anunciaba un nuevo cliente. Y cada vez que oía aquel sonido, el corazón se me detenía dos milésimas de segundos en el pecho y me giraba aterrada, deseando, y al mismo tiempo no haciéndolo, que él llegara de una vez por todas a nuestra cita de las cuatro y cuarto.
Mi mirada volvió a dirigirse hacia el reloj, ansiosa. La aguja pequeña efectivamente marcaba las cuatro, pero la grande anunciaba que Peter llegaba tarde, deslizándose rítmicamente hacia las y media.
Bebí un sorbo del café, notando inevitablemente el temblor de mis manos en aquel sencillo gesto. El maldito nudo de mi estómago cada segundo parecía ser más y más sólido, amenazando con ahogarme, y el líquido que se deslizaba por mi faringe no hacía nada por aliviarlo.
Intenté no contar los segundos que pasaban sin remedio, pero me encontré marcando su paso con la punta del pie, sin apartar la vista de la superficie vacía de la mesa, que solo estaba ocupada por mis manos crispadas.
Una repetición del sonido de campanilla me hizo volverme, aterrada y esperanza a partes iguales. Luego, mi corazón titubeó durante un instante, para luego emprender una carrera desaforada, golpeando alocado contra mis costillas. Peter me buscó por la cafetería abarrotada y me dedicó una sonrisa cálida al verme sentada sola en la mesa pegada a la pared, medio escondida del resto del mundo, medio esperando que él nunca me viera.
Se paró antes de acercarse para pedir un café.
Al igual que hacía desde que era niña, en ese momento, con los nervios a flor de piel y el temblor en los dedos, tiré de las mangas de la camisa hacia abajo, cubriendo las manos, señal de mi debilidad. Inspiré hondo y me obligué a ser fuerte.
Llevaba los dos últimos días sin dormir, sin comer, viviendo solo con una obsesión en la cabeza. Sabiendo lo que deseaba, pero al mismo tiempo, desconociendo qué hacer. Porque, como en todos los grandes dilemas de la vida, mi corazón y la razón se enfrentaban con uñas y dientes, ambos exigiendo ser escuchados e indicándome direcciones contrarias. 
Pero, en el fondo, yo sabía la verdad. Sabía  la resolución con la cual podría seguir adelante, y, con cual, en cambio, me encadenaría a mí misma a una rutina lenta que me iría desgarrando poco a poco por dentro. Me conocía lo suficiente como para saber que, si me cortaba las alas y me obligaba a tomar tierra, a permanecer con los pies con el suelo en lugar de con la cabeza en las nubes, sería infeliz durante el resto de los días en los que viviera.
Me obligué a pensar en eso mientras Peter se acercaba a mi mesa. Y cuando se inclinó para rozar mis labios con los suyos, me alejé rápidamente, dejando que el contacto apenas se prolongara unos segundos. Él percibió mi renuencia ante su saludo y frunció el ceño.
-          ¿Pasa algo, Luce? – se apresuró a preguntar, sentándose en el sitio frente a mí.
Su mano buscó la mía por encima de la mesa, pero volví a huir de su contacto, escondiéndolas en mi regazo.
-          Lo cierto es que sí – comencé. Dudé, me paré. Respiré hondo y me repetí a mí misma las palabras que había ensayado en mi mente sin cesar desde que aquella mañana había tomado la decisión finalmente. Una decisión que, en realidad, no lo era, pues desde el primer momento la dirección por la que me iba a encaminar estaba escrita.
Él esperó a que continuara y, por un momento, la tristeza que embargó su mirada estuvo a punto de hacerme retroceder. Pero ninguno nos merecíamos eso. Nos estaría condenando a una infelicidad a largo plazo de la que era mejor escapar cuanto antes.
-          Nos hemos estado viendo desde hace ya casi un mes – bajé la vista hacia la mesa de nuevo, rehuyendo fijar la vista en sus ojos. – La verdad, Peter, es que me gustas. – Me armé de valor y volví a levantar la vista, clavándola en él. Se merecía que lo mirase a la cara cuando le dijera todo lo que me estaba ahogando por dentro, en el momento en que supiera la verdad. – Eres un chico increíble. Eres comprensivo, eres dulce y una de las personas más agradables e inteligentes que conozco.
-          ¿Por qué siento que hay un pero detrás de esa frase? – su voz denotó la profunda angustia que sentía. Su rostro se descompuso.
-          Ya he dicho que eras inteligente, ¿recuerdas? – intenté bromear. Ninguno rio, por descontado, aunque conseguí elevar ligeramente las comisuras de mis labios en un patético intento de aligerar el tenso ambiente.
La canción que se oía de fondo en la cafetería cambió en ese momento y se convirtió en una suave melodía acompañada de palabras francesas que no entendí; pero, aun así, de algún modo, me dieron el impulso que necesitaba para continuar.
-          Eres la clase de chico que haría feliz a cualquier mujer. Eres… la opción correcta, la que te proporciona seguridad y un futuro estable en una casa con porche y dos hijos en una escuela privada. Me imagino mi futuro contigo y nos veo cenando juntos cada noche mientras hablamos de la jornada, y quedamos con otras parejas para hacer un picnic el fin de semana. – Me detuve para coger aire. – Esa es la clase de futuro que cualquier chica sensata desearía.
-          Pero no es lo que tú deseas – susurró él.
Negué lentamente con la cabeza, confirmando sus palabras.
-          No lo soy. Eres la opción correcta, pero no eres la opción que deseo elegir. No quiero un futuro perfecto. Sé que contigo conseguiría estabilidad, tranquilidad, pero… - mi mirada se dirigió hacia el enorme ventanal que daba a la calle. Allí, fuera de la cafetería, había empezado a nevar con delicadeza, los suaves copos flotando por todas partes y volviendo la ciudad blanca poco a poco. – Lo prefiero a él.
-          Lo sabía. – Emitió una risa baja, apesadumbrada. – Sabía que esto estaba relacionado con Andrew.
-          Lo siento – suspiré, sin ser capaz de afrontar mirarlo.
-          Te romperá el corazón, lo sabes, ¿verdad? Te hará daño.
Asentí con la cabeza mientras los ojos se me llenaban de las lágrimas que no había podido seguir conteniendo. Se deslizaron por mis mejillas, dejando un rastro húmedo a su paso, y muriendo en las comisuras de mis labios.
-          Lo sé. Pero… no lo puedo evitar. – Sonreí con tristeza. – Sé que probablemente me hará daño, sí. Sé que discutiremos un par de decenas de veces al día. Pero… prefiero discutir con él a estar con cualquier otro – me encogí de hombros. – Sé que me destruirá, pero será la condena más dulce que exista. Prefiero vivir sobre su moto a doscientos kilómetros por hora antes que permanecer encerrada en una existencia yerma y vacía de pasión. Prefiero los besos desenfrenados en mitad de una tormenta, aun sabiendo que seguramente acabaré lastimada por esta decisión. Él me produce escalofríos solo con su sonrisa. Me hace sentir viva, viva de verdad, con la sangre martilleando en mis venas y las ganas de gritar en el pecho.
>> He intentado ser buena – seguí con los ojos el trayecto de los copos, perdida en mis propios pensamientos. – De verdad que lo he intentado; alejarme de él, ponerme a salvo a mí misma, lejos del peligro que supone su cercanía. Pero… me muero por dentro cada vez que beso otros labios que no son los suyos, y tengo el mono si paso más de unas cuantas horas sin oírlo tomarme el pelo y reírse. He intentado, por una vez, elegir lo correcto. Pero… - sonreí levemente al pensar en Andrew, con su cabello despeinado y sus ojos pícaros, que prometían devorarme – supongo que estoy loca y por eso prefiero encaminarme a la autodestrucción.
Volví a girarme hacia Peter, que me observaba casi con lástima mientras escuchaba en silencio. Vi con claridad en su gesto que no era capaz de comprenderme, pero eso no importaba. Yo sabía lo que mi corazón estaba gritando y no necesitaba a nadie más para seguir sus latidos.
-          Entonces… esto es un adiós. – En un intento de ser amable, Peter tendió su mano hacía mí, de una manera fría y formal.
Me reí y acepté su mano. Él suspiró.
-          Ojalá me eligieras a mí. Te haría mucho más feliz que él.
Sacudí la cabeza.
-          Contigo, nunca sería feliz del todo. Siempre habría una parte de mí, una parte que me hace ser realmente quien soy, consumiéndose por dejarla encerrada. Necesito la adrenalina, los gritos, las peleas. La reconciliación. La forma en la que él y yo chocamos y volvemos a encontrarnos. La chispa que nos hace perder la cabeza cuando estamos juntos. Aunque él sea demasiado impulsivo y yo me enfade cada vez que habla con otra. Aunque nos hagamos daño, lo necesito, más que el oxígeno en cada bocanada de aire.
-          Espero que seas feliz – se despidió Peter y me sorprendí al descubrir que hablaba con sinceridad. – Espero que él no te haga sufrir.
Tras esas palabras, se levantó, se dio la vuelta y se marchó, sin volver a mirar atrás.
-          Yo también lo espero. – Musité, aunque ya no me oyó.
 Me quedé allí sentada, contemplándolo alejarse de mí y de mi vida para siempre. Durante una fracción de segundo, me planteé si estaba tomando la decisión correcta. Pero, al mirar los copos de nieve cayendo de nuevo al otro lado de la ventana, supe que era así.
Fueran las que fueran las consecuencias, no podía eludir los dictados de mi corazón. Y ellos me dirigían irremediablemente hacia Andrew, con su mirada devastadora y el frenesí que suponía nuestro día a día. Aunque él fuera indomable. Aunque se pusiera celoso de cualquier tío que me mirara y recurriera a la violencia con demasiada facilidad. Aunque fumara una caja de cigarrillos al día y se emborrachara todos los sábados.
Porque, en el fondo, los dos éramos iguales, dos almas descontroladas que se necesitaban aunque en ello se les fuera la vida.




Place de la République  Una dulce canción francesa de fondo. 
(Esta entrada se la debo a la chica que me enseñó la canción, y un millón de cosas más. Gracias por escucharme siempre, aunque a menudo sea insoportable).

04 marzo, 2013

Cada cual carga con su condena.


Tic. Tac. Tic. Tac.
En el profundo silencio de la noche, que se extendía a mi alrededor casi como algo tangible, como un peso sobre mi pecho, podía oír casi con eco el continuo golpeteo del segundero del reloj, aunque este estaba en la cocina, a un par de habitaciones de distancia de la mía.
Me di la vuelta una vez más, revolviendo las sábanas entre mis piernas y apoyé la cabeza contra la almohada, cerrando los ojos con fuerza. Por decimoquinta vez aquella noche, deseé poder caer en las redes del sueño. Deseé con todo mi corazón que el sueño me hiciera perder la conciencia y me permitiera ir a la deriva durante horas hasta que el sonido del despertador interrumpiera alguna pesadilla matutina.
Agarré con fuerza la sábana contra mi hombro y mantuve el ritmo de respiración. El tic-tac seguía marcando todos los segundos en los que permanecía despierta, en los que el sueño se me escapaba sin remedio entre los dedos.
También podía oír con claridad los ronquidos de mi padre en la habitación de al lado, un rítmico sonsonete sin fin que empezaba a convertirse en mi tortura particular, martilleándome el cerebro, recordándome a cada instante mi incapacidad.
Me puse boca arriba, suspiré y me maldije en silencio.
Hacía muchos años que llevaba padeciendo aquella condena y, aun así, no me había acostumbrado a las malditas noches en vela.
El insomnio no era un trastorno que pudiera matarte, al menos directamente. Sí, la falta de sueño durante mucho tiempo te podría matar, pero, cuando sufres esa enfermedad, tu cuerpo siempre descansa justo el tiempo suficiente al día como para que puedas seguir jodido sintiendo pasar el paso de las horas despierto el resto de la noche.
No, cuando padeces insomnio, no mueres por la falta de sueño. Mueres por las horas vacías en la madrugada. Te mueres poco a poco al oír las respiraciones acompasadas del resto de ocupantes de tu casa, descansando pacíficamente, sin preocupaciones, mientras tu cerebro se repite una y otra la misma cantinela incesante.
No puedes dormir. Te pasarás otra noche en vela.
Y el puto segundero de la cocina, cuyo infernal sonido se te clava en el cerebro como una garra.
Poco a poco, vas cayendo en la locura. Durante la noche, los límites entre la coherencia y la incoherencia se desdibujan.
No sé si alguna vez has sentido lo que intento describir, pero, si no es así, por mucho que pueda decir, por muy exactas que sean mis palabras, no podrás comprender a qué me refiero. El insomnio es una maldición terrible que solo aquellos que la padecen pueden entender.
El resto del mundo solo piensa: mira qué problema, simplemente tardas un poco más en dormirte, o quizás, hay cosas peores que quedarte despierto de noche.
Indudablemente, sí que hay cosas peores. Un cáncer es mucho peor, no lo pongo en duda, o morirte de hambre.
Pero tampoco es justo decir que el insomnio es inofensivo. Cuando lo padeces, poco a poco vas perdiendo la cordura. Te mueres por ser capaz de ser normal, de tumbarte en la cama, cerrar los ojos y caer dormido como hace el resto del mundo. Pero no puedes. Por muy fuerte que lo desees, por mucho que lo intentes, no lo consigues. Y eso, poco a poco, va desgastando tu cordura, hasta que te encuentras a las tres de la madrugada mirando el techo, sin ninguna posibilidad de descanso, y buscando una salida para aquella situación.
Es entonces cuando todas aquellas cosas que a la luz del día te parecen tan irrazonables, empiezan a cobrar cierto sentido. Piensas que cualquier solución es buena, aunque parezca una locura.
Con tal de poder descansar, de que tu cerebro desconectara y dejara de torturarte una y otra vez con la misma letanía desgarradora, te planteas cosas que, de otro modo, nunca te cruzarían por la mente.
¿Drogas? ¿Alcohol? Cualquier sustancia que adormezca los sentimientos y produzca sopor te sirve, piensas. Cualquier cosa que te haga escapar de la realidad de las horas alargándose en el silencio de la noche, donde solo estas tú. Y esa soledad también te emponzoña por dentro, sin nadie con quién hablar, sin nadie que te pueda consolar cuando ya no eres capaz de seguir conteniendo las lágrimas ante la desesperada situación que vives.
En tales situaciones, cuando el reloj da las cuatro o las cinco de la mañana y yo sigo igual, debo reconocer que incluso he pensado en el suicidio como escapatoria. La muerte, el sueño eterno. Por fin quedar dormida, aunque eso supusiera no despertar jamás. Son ideas terroríficas que, pensadas con calma, son locuras. A la mañana siguiente, cuando vuelve a salir el sol y el mundo despierta, te ríes y te repites que es una tontería, que en realidad esa no es la salida que buscas.
Pero… ah, en la angustia de las noches insomnes, no te parece una solución tan descabellada.
Es precisamente eso lo que hace peligroso el insomnio. Es cierto que, directamente, no te mata. No es como una enfermedad mortal, pero es un cáncer para la cordura de cualquier, da igual lo fuerte que piensas que eres. La oscuridad de la noche a tu alrededor mientras permaneces tumbada en la cama, sufriendo en silencio para no molestar al resto de habitantes de tu casa, acaba contigo poco a poco. Pierdes la razón. La locura deja de parecerlo y se vuelve tu amiga, porque es el único modo de evitar esa angustia que te embarga.
Desesperación es su estado más puro.
Con el tiempo, desarrollas un horrible terror que se te instala cada noche antes de irte a acostar. Cuando la tarde da paso a la oscuridad en el cielo, el pánico me hace encogerme en el asiento y rezo para que esa noche, por favor, por favor, que esa noche sí pueda dormir.
Superar el insomnio, “curarte”, es igual de complejo que desintoxicarte de una droga a la cual estás enganchado. Quizá sea aún peor, porque tú deseas de todo corazón librarte de ello, pero es muy difícil luchar contra tu cuerpo y mente. Y, aunque tengas la fuerza suficiente y lo logres, nunca serás normal. Siempre habrá un pequeño recoveco en tu mente en que viva al miedo a que todo se repita, a que todo vuelva. Una noche en vela desencadena todo el temor de tu interior y empiezas a pensar que otra vez todo será lo mismo, que has vuelto a caer en aquella maldición.
Tener insomnio es una tortura, una condena en tu propio cuerpo y ocasionado por tu propia mente. En las largas noches en silencio, con el segundero de fondo y el sonido de los ronquidos del resto del mundo, te deshaces.
Espero que mis palabras te hayan permitido entenderlo. Espero que, a partir de ahora, cuando alguien te cuente que padece insomnio, no menosprecies su problema. No es algo que tomar a broma. No es algo de lo que te ríes cuando lo sufres. De verdad, de verdad que es terrible.
Así que no nos juzgues con tanta dureza, porque te aseguro que nada de esto es un juego.
Es una puta condena, noche tras noche.



Esta entrada es mucho más que una entrada normal, por eso he vuelto a este blog con ella.
Yo padezco insomnio. Yo soy la protagonista de la historia. Cada una de las palabras de la entrada son mías. No de un personaje creado, no de alguien ficticio. Son mis vivencias personales.
Quizá alguien piense que exagero. Bien, puedes creerlo, pero yo no lo considero así. El insomnio es mi mayor condena, la que realmente me aterra más que cualquier otra cosa. 
Hace mucho que quería escribir esta entrada, porque me parece que es la más real que he escrito. Pero no podía. Era demasiado complicado exponerlo con palabras, captar de verdad lo que me sucedía. No sé si lo he conseguido, pero lo he intentado, de verdad. 
La buena noticia es que lo estoy intentando. Lo estoy tratando de superar. Pero, como ya he dicho, es algo muy muy complicado de conseguir y no son pocas las noches que aun paso en vela. Aun así, algún día espero poder tumbarme en la cama sin un resquicio del miedo a que el insomnio me acompañe una noche más.
Gracias por leerme, una vez más. Ah, y ya que estoy aquí, aprovecho para dejar una canción, que echo menos compartir alguna por aquí: Radioactive.

11 noviembre, 2012

En las películas deberían advertirlo. Que eso nunca pasará en tu vida.


Cuando era pequeña, estaba convencida de que acabaría encontrando a mi príncipe azul. Probablemente, eso fue culpa de la gran cantidad de películas de dibujos animados que me tragué, una tras otra, sin despegar los ojos de la pantalla, la mayor parte de las tardes después del colegio.
Soñaba con que él llegaría a mi vida de una forma sutil, pero que yo me acabaría dando cuenta, y entonces, nos besaríamos y seríamos felices para siempre. Con seis años, la vida es así de fácil.
Pero ahora han pasado doce años y la niña que era se ha perdido en alguna parte de mí. Mejor no encontrarla, donde quiera que esté. Porque, si viera que sigo igual de sola que siempre, no dejaría de llorar durante toda el día. Y ya tenía bastante con contener mis lágrimas reales.
Alguien debería poner una advertencia al inicio de cada película sobre un cuento de hadas.  Con letras grandes, y una voz en off que las leyera, deberían hacer saber a todas las niñas inocentes como la que yo fui, que lo más probable es que ningún príncipe acuda nunca a salvarlas. Deberían decir “los próximos noventa minutos son ficción, con buenos gráficos y una historia bonita. Pero nunca pasará en tu vida”. Quizá así, todas nosotras no creyéramos como estúpidas en un amor que, con seguridad, nunca tocaría a nuestra puerta.
Porque es cruel, la verdad. Es cruel llenarnos el cerebro de besos a medianoche, de miradas furtivas, de roces que causan taquicardias, de películas románticas donde la chica tímida e insegura siempre consigue al tío guapo y viven felices para siempre. Es cruel porque nosotras esperamos impacientes a que sea nuestro turno y este nunca llega.
A mí nadie me advirtió. Es más, el resto de la sociedad también asintió con la cabeza ante esas ideas fantasiosas, animándome a creer hasta que el cerebro se me llenara de cuentos de hadas. Y yo lo creí. Me acosté cada noche, soñando con que, quizá al día siguiente, lo conocería a él. Esperando a que me encontrara.
Pero nunca sucedió. Doce años después, sigo estando sola, pero ya no espero a nadie.
Ya me he dado cuenta de que los príncipes azules no vienen a salvarte; que tienes que hacerlo tú sola si quieres sobrevivir. Que los amigos la mitad de las veces te dan la espalda en los peores momentos, que no hay un “felices para siempre”. Que el 60% de los matrimonios acaba en divorcio, y que ese número aumenta cada día. Que, por muchas veces que te mire a los ojos y te diga que te quiera, puede estar acostándose con alguna de tus conocidas.
Que, por amor (o, en mi caso, por la falta de este) llorarás más noches de las que puedes llevar la cuenta.
No niego que haya parejas enamoradas. Qué va. Las veo cada día cuando paseo por la calle, de la mano esperando en la cola del cine, besándose como despedida en algún portal. Pero, ¿cuánto durarán? ¿Cuántas de sus promesas acabarán siendo mentira? ¿Cuál de los dos acabará con el corazón más roto?
Aunque, siendo sincera, mi condena es aun peor. Porque, al menos, ellos tienen esos momentos, esos recuerdos que los calentaran por las noches cuando lloren acurrucados en la almohada. En mi caso, solo queda el vacío provocado por haber estado sola toda la vida. De no haberme enamorado nunca, de no saber qué se siente al besar a una persona y pensar “ojalá pudiera estar con ella cada segundo de cada día durante toda la eternidad”. De que nadie haya pensado eso nunca de mí.
Me dejé engañar por las películas Disney y por las comedias románticas, que pintaban el final siempre de feliz. Y así acabé, destrozándome el corazón día tras día, hundiéndome al pensar que, por alguna razón, yo no me merecía esa felicidad que veía en la televisión o en el cine, que oía en tres cuartas partes de todas las canciones.
Sé que no estar enamorada (y ser correspondida) no es el peor de los males del mundo. Sé que existen enfermedades incurables, torturas horripilantes y situaciones más desesperadas que el hecho de no tener a nadie que te mande un mensaje de buenos días. Pero, cuando me siento tan sola como ahora mismo, no soy capaz de recordarlo. Solo echo en falta un “te quiero” susurrado al oído y unos labios bebiéndose los míos. Añoro con toda mi alma un amor de cuento de hadas que nunca llegará.


En esta entrada, me estoy dibujando a mí misma. Los domingos siempre me invade la soledad y me pongo melancólica, lo siento.
Canción del día: Rogger rabit. Por alguna razón, esa melodía me consuela, aunque solo sea un poco.
Pero bueno, ¡también tengo otro tipo de noticias! Como está escrito a la derecha de la entrada desde hace un par de semanas, he abierto un blog nuevo (http://destinywillfindus.blogspot.com.es/), en donde estoy escribiendo una única historia (nada de relatos cortos, quiero decir, si no una historia de verdad). ¿Te gustaría pasarte por allí? Porque me sacarías una enorme sonrisa.
Aun estoy empezando, pero es un proyecto que me gusta bastante, así que espero poder ponerle un punto y final y no dejarlo a medias :) 
Y por cierto, gracias por leerme.

20 octubre, 2012

El dolor es el único recuerdo al que me puedo aferrar.


Jack Dawson (Boom).


Sentado en el borde de la cama, con los pies descalzos apoyados sobre el frío mármol marrón del suelo, y completamente desnudo, disfruté de la punzada de dolor que me atravesaba el pecho de parte a parte. Sentí como se me formaba un nudo desgarrador en el estómago, cómo mi cuerpo se tensaba ante las ganas de llorar. Apreté la mandíbula, cerré los puños aferrándome al colchón y disfruté.
De algún modo, me había acabado convirtiendo en un masoquista. Ahora era adicto al terrible sufrimiento que me embargaba cada mañana cuando me despertaba entre las sabanas perfumadas por el olor de una desconocida a la que apenas había mirado más de dos veces, encerrado entre las cuatro paredes de un dormitorio cuyas paredes parecían querer aplastarme contra mis propios huesos. Me asfixiaba en aquellas casas de mujeres con las que había compartido cama y unas pocas horas de sexo la noche pasada. Pero eso no importaba. No disfrutaba de ese acto mecánico. Lo hacía por la mañana siguiente, por el dolor.
Esa terrible agonía se había convertido en la única prueba que aún tenía de que, una vez, había sido ella mi compañera de madrugadas. De que todo lo que vivimos, cada segundo junto a ella, no había sido producto de mi imaginación o una alucinación en la que creía con demasiada fuerza. Eran esos momentos, ese dolor, el que me permitía estar seguro de que seguía amándola y de que ella había estado en mi vida de verdad, aunque no durante el tiempo suficiente. Y cómo la echaba de menos. Cada segundo, cada respiración. El dolor, que al principio había sido desgarrador, ahora se había convertido en un fiel compañero y, aunque permanecía inmutable en intensidad, casi resultaba cálido. Me había acostumbrado tanto a él como a haberla perdido para siempre.
Pero, curiosamente, solo era capaz de recordarla a la perfección tras estar entre los brazos de otra. Únicamente cuando despertaba al día siguiente, podía volver a ver con claridad la intensa mirada de sus ojos azules, sentir su cabello negro haciéndome cosquillas en el pecho y sus labios jugueteando con el lóbulo de mi oreja, mientras ella reía en un murmullo por cualquier tontería. Había días en los que deseaba con tanta fuerza retroceder en el tiempo, que casi era capaz de soñar cómo las manecillas del reloj empezaban a girar en sentido contrario. Solo por estrecharla entre mis brazos una vez más. Por verla sonreírme mientras iba camino de la ducha, con la melena enmarañada y los ojos somnolientos.
Aun sentada en la cama, rememorándola, sentí como los dedos de un pie, también descalzo y que no eran de la propietaria que yo deseaba, me recorrían la columna vertebral, empezando por abajo y ascendiendo lentamente.
Ese contacto tan sencillo me hizo apretar con más fuerza los dientes y ponerme completamente rígido. Me levanté casi de un salto, apenas disimulando mi incomodidad y disgusto, pero fingí que buscaba algo para no herir los sentimientos de la chica desconocido con la cual me había acostado la noche anterior; otra pobre víctima inocente con la que solo había buscado la satisfacción de una mañana de penuria.
-          ¿Puedo fumar aquí? – pregunté por educación. En realidad, me daba igual su respuesta, puesto que no iba a quedarme tiempo suficiente en el apartamento como para fumarme un cigarro. Solo era una excusa como otra cualquiera para alejarme de su cama, de su olor, de su tacto, del sonido de su respiración. Todo en ella era incorrecto, pero aquella chica no tenía la culpa de no ser la persona que yo deseaba que fuera.
-          Sí, claro – respondió ella. En su tono de voz se notaba una leve inseguridad, probablemente producto de haber caído en la cuenta de mi cambio de actitud. Anoche, era un ligón que la consideraba la chica más guapa del mundo. Por la mañana, ni siquiera la había mirado ni una sola vez a la cara.
Pero en mi mundo, siempre era así. Necesitaba ser un buen actor, saber fingir lo que los demás querían ver y oír para logar mis propósitos.
Aquella chica había estado buscando un hombre joven, soltero y que supiera decirle las palabras correctas mientras ella se sonrojaba y yo había sido ese hombre. Durante las primeras horas del día. Pero ahora que el sol había vuelto a salir, ya no tenía que seguir simulando ser esa persona. Ya había obtenido lo que quería: una nueva mañana con el recuerdo de la persona que en realidad estaba buscando.
Fingí estar buscando mis pantalones para ganar algo de tiempo, aunque recordaba perfectamente haberlos dejado encima de la silla de la esquina derecha. Finalmente, me dirigí hacia allí, saqué la caja de tabaco y extraje uno de los cigarros y el mechero negro con el dibujo de una llama.
Encendí el pitillo sin prestar demasiado atención, con lo que conseguí quemarme un poco los dedos, cosa que no me importó lo más mínimo.
Solo entonces, tras dar la primera calada y llenarme los pulmones de humo, fui capaz de mirar a la chica que seguía tumbada sobre la cama, con la mirada fija en todos mis movimientos.
No era fea. Tenía el cabello rubio y corto, liso; los labios finos, las mejillas sonrosadas y una mirada dulce de color verde claro. Parecía una buena chica, inteligente, quizá demasiado buena para la sociedad de mierda de hoy en día. Pero, aun así, aun viendo todos esos rasgos positivos en ella, toda su belleza objetiva, la odié.
Odié el color demasiado translúcido de sus ojos, que carecía de profundidad. Odié su pelo rubio, que reflejaba la luz del sol. Y odié la mirada suplicante que me dirigió, rogándome que no le hiciera daño cuando ambos sabíamos que me marcharía desde que pudiera. Pero, sobre todo, odié que me hubiera llevado a su cama, la odié tan solo por ser ella y no otra. La odié como había odiado a todas las mujeres que había tocado desde que ella se fue de mi vida.
Sentí la repulsión en el estómago y no pude contener la mueca de disgusto que asomó a mi rostro. Ella la vio y se encogió, tapando su cuerpo desnudo con la sábana color melocotón. Parpadeó, con un ligero miedo titilando en sus pupilas.
-          ¿Quieres… quieres desayunar o algo? – murmuró. Quería arreglar la situación y eliminar el asco con el que ahora no podía dejar de contemplarla.
Me esforcé en apartar la vista y me concentré en los actos mecánicos de vestirme. Me puse los pantalones, me abotoné la camisa y me calcé de forma rápida, sin despegar el cigarro de mis labios, exhalando el humo entre ellos.
-          No, gracias. Ya me voy.
-          ¿Seguro? – la nota angustiada de su voz era ineludible. – Confiaba en que quisieras… no sé, que fuéramos juntos a alguna parte. O quizá prefieras llamarme para quedar otro día – esta vez, sonó casi esperanzada.
Cerré los ojos e inhalé profundamente, llevándome conmigo una buena bocanada de nicotina. Tenía ganas de gritarle que se fuera a la mierda, pero me abstuve. También me planteé por un segundo largarme de allí sin más, sin decir ni una sola palabra de despedida, pero tampoco me pareció lo correcto. Simplemente, era lo que yo, un capullo sin sentimientos, deseaba hacer, independientemente del daño que le hiciera a ella. Aunque la iba a herir de todas formas con mi rechazo y ella, indudablemente, se sentiría utilizada. Y estaría en lo cierto.
-          Lo siento, preciosa, pero no. – Pronuncié las palabras despacio. Me esforcé en vocalizarlas, en su forma fonética, para no impregnarlas del veneno que me corroía por dentro y que quería escupirle en la cara.
Levanté la vista y la vi sentada, con la espalda apoyada en la pared, encogida como un cachorro asustado al que están a punto de abandonar. Observé sus ojos lastimeros y me sentí como la mayor mierda del mundo, como el hijo de perra que era desde que la había perdido. Porque, al fin y al cabo, cuando mi Annalysse desapareció de mi vida, se había llevado todo el sentido que esta tenía. Ahora, me limitaba a realizar todos los actos de manera automática y solo seguía viviendo por los momentos de sufrimiento de cada mañana en camas de desconocidos.
Con tanta culpa, dolor, rabia e impotencia circulando por mis venas, ya no fui capaz de retener más a mi lengua.
-          Esto – hice un gesto con la mano, señalándonos a ella y a mí – solo ha sido sexo de una noche. No te llamaré y, por supuesto,  no iremos a desayunar. No quiero saber tu número, no, ni tu nombre tampoco. – La miré a los ojos en ese instante, solo para corroborar que las lágrimas estaban a punto de desbordarse por sus mejillas. Exhalé lentamente. – Sé que pensarás que soy un capullo y, ¿sabes qué? Tienes razón. Por eso, es mejor que no me vuelvas a ver. Mi vida… - me tapé la cara con las manos – ahora mismo va cuesta abajo y he perdido los frenos. Me estoy auto-destruyendo y, créeme, no soy una buena influencia. Sí, soy un capullo, pero deberías darme las gracias por no obligarte a permanecer en mi presencia ni un instante más, porque acabaría envenenándote por dentro.
Suspiré, me puse en pie y salí del apartamento sin volver la vista atrás, sin esperar ninguna respuesta. ¿Para qué coño la necesitaba? Aquella chica… (joder, ni siquiera recordaba su nombre) estaría mejor sin mí. Y Annalysse, también, por mucho que me doliera saberlo. Era un puto veneno que corrompía todo cuanto se me acercaba, incluso las cosas más hermosas.
Una vez en la calle, terminé de fumarme el cigarro, que se consumió entre mis labios, y lo tiré al suelo para pisotearlo con la bota. Luego, busqué la moto, aparcada en un callejón trasero, me puse la chaqueta de cuero negro que llevaba siempre conmigo, y me marché.
Aceleré hasta que la moto pareció volar sobre el asfalto. La adrenalina me nubló la mente y el aire, frío y cortante, me despejó la cabeza y revolvió el pelo. Entonces, volví a recordarla, pequeña, frágil, con su piel de porcelana…
Aceleré un poco más, huyendo de mí mismo.


Parece que esta historia es aparte de las otras que he escrito y, en cierto modo, así es. Es un personaje nuevo, pero es parte de otra historia, concretamente es la continuación (no relacionada) del texto Es curioso, ¿sabes?, que fue la antepenúltima entrada que subí (dos atrás después de esta).
De momento, tengo pensada varios capítulos para esta historia, así que quizá habrá un blog nuevo o una sección completamente aparte para ella, porque quiero tomarla como un punto y aparte del resto. Por un lado, seguiré escribiendo las entradas inconexas de siempre y, por otro, intentaré seguir con esta. La trama es un pelín compleja, porque cada capítulo (al menos, por el momento) está narrado por un personaje distinto, porque no tengo un narrador definitivo. Eso ya lo haré más adelante. Ahora, solo estoy presentando a los personajes, una breve introducción de cada uno que deja muchos misterios pendientes.
Creo que no pueda haber quejas (por parte de Irene, quiero decir) puesto que he subido no solo una entrada, sino dos en el mismo día, y con una promesa casi segura de una continuación (al menos, de esta).
Y hasta aquí he llegado por hoy. See you.