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17 marzo, 2012

¿Sabes? Te echaría de menos aunque no te conociera.


Todo había ido mal, desde el principio. La operación de la señora Ramírez se había alargado demasiado porque el pequeño tumor de su cerebro no había querido ponérmelo fácil y se había agarrado con decenas de terminaciones nerviosas a cualquier resquicio que pudo, con lo que me costó una hora y cuarto más de lo que había calculado salvarle la vida a aquella paciente. Pero, en realidad, la tardanza mereció la pena por ver la sonrisa agradecida de su marido cincuentón y la emoción brillando en las pupilas de sus hijos adolescentes.
El terrible atasco con el que tropezamos Kayla y yo de vuelta a casa lo empeoró todo. Había quedado con Mark a las ocho y media y atravesé la puerta corriendo un poco antes de las ocho menos diez, aun con el olor a desinfectante impregnado en el cuerpo después de tantas horas en el quirófano.
-          No te preocupes, Dak. Yo entretendré a tu príncipe azul mientras te arreglas – las dulces palabras de Kayla me auguraron lo que, sin posibilidad de error, sucedió cuando Mark se sentó enfrente de ella en el sillón del salón.
Oí toda la conversación mientras me maquillaba, me ponía la ropa interior adecuada para mi declaración de esa noche y el vestido azul que tenía que amortizar, porque comprarlo había supuesto un pequeño agujero en mis ahorros. Pero todo era por esa noche.
-          Dime, Mark, ¿a qué te dedicas? – la voz de mi compañera de piso me llegó alta y clara  a través de la puerta del dormitorio y no pude contener un gemido. Sabía que Kayla se preocupaba por mí, pero eso no le daba derecho a comportarse como un progenitor sobreprotector.
-          Soy arquitecto – respondió él con tranquilidad, aunque podía imaginarme su expresión de desafío. Sonreí inevitablemente mientras me ponía los tacones, al imaginarme el silencioso duelo de miradas entre dos de las personas más importantes en mi vida en esos instantes.
-          Y… ¿eso te reporta un buen salario a fin de mes?
Tuve que agarrarme a la pared para no caer fulminada al escuchar semejante pregunta y, de repente, mis ganas de ahogar a Kayla con una almohada mientras dormía se volvieron incontenibles.
-          Bastante bueno, la verdad. – Mark se rió y carraspeó. – Verás, Kayla, nací en Connecticut y me mudé aquí hace 4 años, nada más terminar la carrera, con mi compañero de habitación en la universidad y montamos nuestro propio bufete de arquitectos. No somos una gran empresa, pero nos va bien. Mis padres son una pareja normal, que nunca abusó de mí en mi infancia ni me maltrató. Ella es ama de casa, mi padre está jubilado; fue mecánico toda su vida. Tengo dos hermanos y una hermana, la mayor. Nos queremos mucho y no tenemos traumas. No tengo antecedentes de alopecia en mi familia, ni de ninguna enfermedad genética. No fumo y solo bebo de vez en cuando y, normalmente, con el fin de atreverme a seducir a la chica de la barra. Prefiero el tequila al whisky, pero no le hago ascos al vodka, sobre todo al negro. ¿Suficiente?
-          No está mal. ¿Qué me dices de…?
Abrí la puerta de golpe antes de que aquella pequeña inquisidora estropeara aún más mi cita. La observé con los ojos entornados, transmitiéndole todo mi odio sin decir una palabra, y luego le dediqué mi sonrisa predilecta a Mark, que estaba tan insufriblemente guapo como siempre. Llevaba unos pantalones de pinzas, con una camisa blanca (con el botón superior abierto) y la barba de dos días que me enloquecía, que le daba ese aspecto de chico malo. Su chaqueta de cuero negro estaba doblada en el antebrazo, síntoma indiscutible de que había traído la moto. Mierda, no podía ir en moto con ese vestido.
-          Nos vamos, Kayla. Pórtate bien – le gruñí sin miramientos, antes de coger a Mark del brazo y sacarlo corriendo de nuestro piso.
Nada más cerrar la puerta a mi espalda, me atrajo hacia sus brazos y enlacé mis manos detrás de su cuello. Buscó mis labios con los suyos y ambos nos perdimos en el otro solo un segundo después. Sabía a gloria. El movimiento de su lengua, pasional y escalofriante, siempre conseguía evaporar de golpe de todos los pensamientos que zumbaban a toda velocidad por mi cabeza. Con sus manos en mis caderas, atrayéndome hacia su cuerpo, hasta confesarle un “te quiero” parecía fácil.
Intenté obligar a mis cuerdas vocales a pronunciar las palabras, pero no hubo manera. Me di por vencida, mientras me dejaba llevar al restaurante mexicano que él había elegido, que estaba solo a un par de manzanas, por lo que no hacía falta coger la moto, lo que me supuso un gran alivio.
La cena fue incómoda, por mi culpa. No podía dejar de pensar en lo que quería decirle, pero el miedo se hizo una bola en mi estómago del tamaño de un balón de rugby y me impidió declararle mis sentimientos. Comí poco, porque mi poco apetito había sido sustituido por nervios y sudoración fría en las palmas de las manos.
Me decidí a decírselo tras la cena, pero sabía que me estaba autoengañando. Que como siguiera así, no se lo diría nunca.
No dejaba de repetirme eso en el camino de vuelta a casa, incapaz siquiera de aparentar que todo marchaba con normalidad. Estaba claro que Mark se había dado de que algo raro pasaba, pero aún no había encontrado las fuerzas para soltarlo todo. Inspiré hondo.
¡Te quiero, Mark! Pensé las palabras con fuerza, deseando que él pudiera leerlas en mi cerebro, en mis ojos o en las comisuras de mis labios. O en la forma en la que mi cuerpo lo buscaba, como si fuera un satélite rotando sin control alrededor de su planeta.
Sé que no llevamos mucho juntos, pero creo que me estoy enamorando. Demasiado cursi.
¿Cuáles eran las palabras adecuadas?
Oí que Mark me hablaba, pero no presté atención a sus palabras, demasiado centrada en encontrar la frase exacta con la que confesarle la verdad. Pero se me resistía.
De pronto, él se detuvo en medio de la acera y tiró de mi mano para que yo también parara. Me obligó a girarme para encararlo, pero no fui capaz de clavar mis ojos en los suyos por miedo a desmoronarme.
-          Entonces, ¿qué pasa, Dakota? Y no me mientas.
El momento había llegado. Abrí la boca para gritarle las palabras que me explotaban el pecho, pero boqueé como un pececillo asustado fuera del agua. Clavé la vista en nuestros zapatos.
-          Yo… yo… no sé qué decir. – Apenas podía elevar el tono de voz. Me estaba ahogando. Era como si mis pulmones se hubieran colapsado y ya no fuera capaz de procesar el oxígeno que recogía en cada inspiración. Mi respiración se aceleró y apreté, inconscientemente, las manos hasta convertirlas en puños.
-          Simplemente, dilo, por favor.  – La voz de Mark sonó tan baja como la mía. Parecía que él también estaba sufriendo, aunque no entendía el porqué. ¿Qué se había imaginado?
Debía poner fin a toda aquella locura ya. ¡Dilo, joder! Me chillé a mí misma. En mi mente, las palabras mágicas se repetían una y otra vez en un bucle sin fin, pero no podía llevarlas a mis labios. Siempre me había considerado una valiente y, en el momento de la verdad, me comportaba como una niña asustada. Sentía unas ganas incontrolables de salir corriendo y esconderme en alguna parte donde nadie pudiera encontrarme para llorar durante horas. Donde ni Mark, ni Kayla, ni el amor pudieran alcanzarme.
-          Dakota – Mark susurró mi nombre como una oración, suplicándome algo que no podía descifrar.
Su tono bajo e hipnótico tenía algo de magnético también, que atrajo de inmediato mis ojos a los suyos, que estaban embargados por la tristeza. Y, ahí, oculto en el fondo de sus pupilas, encontré el valor que me faltaba.
Tragué saliva e inspiré hondo.
-          Yo… Mark, yo… Joder, ¡te quiero! – grité, a la vez que cerraba los ojos.
Oí como mi voz resonaba como un eco patético a mi alrededor, humillándome hasta un punto sin retorno. Sentí como las lágrimas empezaban a derramarse por mis mejillas y mi pulso acelerado parecía ser una señal inequívoca de mi vergüenza.
Gemí en voz baja, mientras el pánico se apoderaba de mí, y me solté de golpe de la mano de Mark, que aun me sujetaba. Y, para acabar mi espectáculo de patetismo, me eché a correr por la acera vacía, perdiendo ambos tacones por el camino.
No me detuve hasta que unas manos demasiado fuertes para ignorarlas tiraron de mí, obligándome a pararme apenas dos calles antes de que llegara a casa.
-          ¡Dakota! – exclamó Mark a mi espalda.
No me giré, porque no estaba preparada para ver la burla en sus ojos. No sería capaz de soportarlo, acabaría por destrozarme.
-          Mírame, Dakota.
-          No – mi voz se quebró de forma ridícula en esa única sílaba, mientras las lágrimas seguían corriendo descontroladas por mis mejillas.
-          Dakota – esta vez, su tono era un reclamo ineludible.
Me giré lentamente, con el corazón incrustado en la garganta y el terror recorriéndome el cuerpo, transportado por mis venas y arterias hasta cada célula. Mark estaba allí, con el pelo alborotado y sin la chaqueta de cuero. Me miraba con la cabeza ladeada, confuso.
-          Has dicho que… que me querías.
-          Sí, supongo que sí. Ya lo sé, soy patética. – Bajé la vista hasta el suelo, pero sus dedos me obligaron a levantarla para que no pudiera evitar el contacto entre nuestras miradas.
-          No eres patética, Dakota. Eres la mujer más increíble que he conocido nunca, la única capaz de abandonar sus tacones en la huida, tras desnudar su corazón. Y… yo también te quiero. Estoy plena e irrevocablemente enamorado de ti.
Parpadeé, atónita. Al igual que antes, boqueé sin ser capaz de decir ni una palabra, a lo que él me respondió con su sonrisa de seductor.
-          ¿Sabes? Te echaría de menos aunque no te conociera. Y, aunque hasta a mí me parece ridículo, estoy completamente loco por ti desde la primera vez que me clavaste las uñas en la espalda, la noche en la que nos conocimos. Y desde el momento en el que te apretaste contra mí en nuestro primer viaje en moto. Y, también, desde todos los instantes en los que pronunciaste mi nombre como una caricia al llegar al orgasmo.
-          ¿Cómo puedes quererme? – conseguí susurrar con voz quebrada, mientras continuaba llorando.
-          ¿Cómo podría no hacerlo? – replicó él con una sonrisa.
Abrí la boca para refutarlo ese argumento tan vago, pero él acalló mis palabras colocando un dedo sobre mis labios entreabiertos.
-          Basta de discusiones por hoy, cariño – me susurró el oído, justo en ese tono que me ponía todos y cada uno de los pelos del cuerpo de punta y me ocasionaba un escalofrío en la columna vertebral.
Antes de que pudiera responderle, Mark clavó sus pupilas en las mías, sin decir nada más. Y aquello me bastó, ese sencillo instante calmó mi atolondrado corazón. Y, allí, yo descalza y él perdido, nos fundimos en uno.

 Me he portado bien y la he subido "el viernes". Bueno, vale, es sábado, pero siempre hago trampas. No sé qué opinar, solo que me ha quedado bastante extenso (mis disculpas, Dakora tenía demasiado que sentir para poder contenerlo en unos pocos párrafos). Pero, bueno, supongo que ha quedado... aceptable, aunque con un matiz cursi para mi gusto.
Lo hecho, hecho está. La canción de hoy es She's a genius de Jet, que gusta muchísimo. Con esta entrada, de momento dejo las historias "largas", tanto la de Dakota y Mark como la de Arizia y Vic por un tiempo. A partir de ahora me centraré más en las cortas, porque creo que me expreso mejor en ellas, que transmito más en una historia que tiene un punto y final a una con continuación. Pero bueno, no descarto la posibilidad de una visita espontánea en cualquier momento, ¿quién sabe?
Espero que os haya gustado tanto como he disfrutado yo escribiéndolo.

10 marzo, 2012

Veintitrés milisegundos de paradas cardíacas.

En el trayecto de vuelta a casa del restaurante, caminando entre las ya casi vacías calles de la ciudad, me di cuenta de nuevo de que Dakota parecía extrañamente nerviosa esa noche.
La había llevado a cenar a uno de mis restaurantes favoritos, el mexicano de la calle de detrás del cine antiguo, a donde llevaba yendo más años de los que recordaba. No era íntimo ni romántico, pero me parecía perfecto para nosotros. Porque no éramos una pareja romántica ni melosa. Ambos éramos demasiado sarcásticos, apasionados y duros para ir a un restaurante con velitas aromáticas y rosas rojas en los floreros.
Pero quizá estuviera equivocado, porque durante toda la noche ella se había mostrado distante y distraída. Quizá no le hubiera gustado tanto el restaurante como yo había pensando, quizá esperaba algo mejor.
Intenté recordar en qué momento exacto empezó a comportarse así y me remonté al inicio de la cita, cuando pasé a recogerla por su piso, que estaba a cuatro manzanas a pie del mío. No pude evitar sonreír ante mi primer encuentro con su alocada compañera de piso.
-          Kayla está rematadamente loca.
Se rió, pero hasta en sus carcajadas quedaba patente que algo no andaba bien.
-          Y eso que la acabas de conocer. Pásate diez años con ella y no te quedará ni un ápice de cordura.
Rememoré el interrogatorio al que me había sometido nada más acomodarme en el mullido sillón del salón, mientras esperaba que Dakota terminara de vestirse y arreglarse. Kayla me contó de manera rápida y superficial que una operación se había alargado más de la cuenta y que por eso tendría que esperar unos minutos más, que ella aprovecharía para conocerme mejor. Así lo había llamado.
Era lo más parecido a una conversación con un padre cargado con una escopeta que había mantenido en mi vida, pero la joven cardiocirujana me había caído bien. Puede que estuviera un poco desequilibrada, pero sin duda era la clase de amiga con la que se podía contar siempre.
Y la espera valió la pena, solo por ver salir a Dakota con su vestido hasta las rodillas de color azul oscuro, de un solo tirante; los tacones de apenas tres centímetros a juego y el pelo suelto rubio suelto alrededor de su rostro. El corazón se me había detenido veintitrés milisegundos al verla en el marco de la puerta, con la sonrisa de bienvenida que siempre me dedicaba. Luego, clavó su mirada en su mejor amiga y le bufó un “nos vamos, Kayla; pórtate bien”, antes de sacarme corriendo fuera del apartamento. Eso fue todo lo que pude esperar antes de estrecharla contra mi cuerpo y saborear su pintalabios color coral seguido del perenne regusto de su boca, que me enloquecía cada vez que chocaban nuestros labios con desenfrenada pasión.
Pero, desde el mismo instante en enganchó sus manos detrás de mi cuello, noté su titubeo, que había durado toda la cena y nos acompañaba de vuelta a casa.
-          ¿Va todo bien? – acabé por preguntarle, incapaz de seguir fingiendo que todo marchaba como debía ser. - ¿No te ha gustado el restaurante?
-          Sí, sí. Me ha gustado, en serio. – Noté la sinceridad en su voz, pero también el trasfondo que intentaba ocultar.
Me detuve en medio de la acera y le cogí de la mano para frenarla también. Ella se giró, pero no me miró a los ojos, sino que clavó la mirada en mis zapatos, otro síntoma inequívoco de que algo extraño sucedía. Dakota siempre, siempre, clavaba sus pupilas con decisión en las mías, retándome a cada instante a que la tomara en brazos y me perdiera entre su cuerpo, porque ella lo estaba deseando.
-          Entonces, ¿qué pasa, Dakota? Y no me mientas. – Le apreté la mano con suavidad, para reclamar su atención, que seguía centrada en algún punto del suelo a nuestros pies.
Frunció los labios y levantó levemente la vista, pero siguió evitando mi mirada, como si la atemorizaran mis iris azules.
-          Yo… yo... No sé qué decir – susurró, con la voz entrecortada. Empezó a respirar de forma acelerada, poniéndose nerviosa.
-          Simplemente, dilo, por favor. – Mi tono tampoco era muy elevado, pero es que el miedo había empezado a florecer en mi pecho.
Aquellas reacciones… parecían una clara señal. Si le sumaba que llevaba toda la semana algo distante conmigo, que siempre empezaba una frase y la dejaba a medias, como si perdiera el valor para terminar todas las sílabas, y que llevaba toda la noche evitando mi mirada, todas las piezas encajaban a la perfección. Dakota iba a romper conmigo.
El pensamiento hizo que a mí también se me aceleraran el corazón y la respiración, mientras el miedo me atenazaba el estómago. ¿Qué había hecho mal? Hasta esa noche (esa fatídica noche), pensaba que nuestra relación era lo más parecido a la perfección que pudiera suceder entre dos seres humanos en este mundo, pero probablemente esas esperanzas eran el resultado de las ilusiones de un idiota y, en realidad, ella no pensaba así. Se había cansado de mí. Me iba a dejar. Me expulsaría de su vida de una patada y no volvería a contemplar su rostro por las mañanas, cuando se quedaba a dormir en mi casa y yo la llevaba al trabajo en moto. No volvería a sentir sus brazos alrededor de mi cuerpo cuando desafiáramos a la gravedad corriendo sobre dos ruedas.
Me obligué a contener el dolor, a esperar que pronunciara las palabras que me partirían en dos.
-          Dakota – susurré su nombre como una oración, mientras cada célula de mi cuerpo le rogaba que no me abandonara, que no me tirara al suelo como una colilla usada y me pisoteara con sus tacones azules.
Ella dudó un instante más, antes de levantar la vista y, de pronto, clavarla con fijeza en mis pupilas.
-          Yo… Mark, yo… Joder, ¡te quiero!
El eco de su voz resonó en toda la calle, mientras sus palabras me paralizaban el corazón.

Soy rematadamente cruel y lo sé. La respuesta de Mark, en el siguiente "capítulo", que intentaré subir mañana, pero no prometo nada, porque va a haber lío por mi casa.
No es un gran texto, pero bueno, es lo que tiene. 
    Canción de hoy: Running on sunshine. You got me running on sunshine. La letra de la canción queda perfecta pafra este fragmento, la verdad. Y a mí es que me encanta.

03 marzo, 2012

La pequeña Dakota del Norte ha encontrado, por fin, su sur.

Había empezado la primavera. La nieve se estaba derritiendo allí donde el suelo se enfrentaba contra ella sobre la carretera del aparcamiento trasero del hospital. Me quedé observando la nada con expresión ausente, sentada en el muro de piedra, con las piernas colgando sobre la acera y un café cargado, el tercero de la mañana, quemándome las yemas de los dedos. Era una sensación que me gustaba, que conocía desde hacía mucho tiempo. Siempre había mantenido la taza ardiente entre mis dedos, retándome a mí misma a soportar la molestia, porque necesitaría horas de soportar incomodidades para ser una buena neurocirujana. Por eso, sentir el calor del café contra mi piel no me resultaba doloroso realmente, conocía demasiado bien la experiencia.
Pero esos sentimientos… Joder, esos me eran completamente extraños. Dejé vagar mi mirada por los árboles de los alrededores, demasiado escasos para contener algo más que hojas secas y algún que otro pájaro cantor, mientras intentaba analizar con calma el nudo de mi estómago. Llevaba varios días sin apetito, con el pulso acelerado y muy dispersa.
Había empezado a plantearme una enfermedad seria. Nunca, jamás, me había pasado algo por el estilo y, aunque la medicina no solía guardarme secretos, ahora me tenía aterrada.
Berbí otro sorbo de ardiente café, intentando ordenar mis ideas y buscar una explicación lógica para el caos que se había desatado en mi cuerpo inexplicablemente.
-          ¡Dakota! – resonó una voz a mi espalda, sobresaltándome. Al pronunciar mi nombre, Kayla siempre alargaba ligeramente la o, como si fuera su firma. Lo llevaba haciendo desde la primera vez que me llamó por mi nombre, hacía… diez años ya, cuando la conocí en el instituto. – Te estaba buscando.
Kayla se sentó a mi lado en el muro, portando una bebida idéntica a la mía. La observé de reojo y sonreí, inevitablemente. Se había vuelto a cortar demasiado el pelo y a ponerse esas chillonas mechas anaranjadas que le hacían parecer una adolescente rebelde en lugar de una cardiocirujana reconocida a nivel nacional. Llevábamos siendo amigas demasiados años; habíamos estudiado medicina juntas, y hecho la especialidad en el mismo hospital, compartiendo un pisito pequeño que podíamos pagar con nuestro mísero sueldo de internas. Nos habíamos apoyado mutuamente, cuando ella perdió a su madre, cuando murió mi padre, cuando le diagnosticaron Alzheimer precoz a su tía y cuando atropellaron a mi hermana. Habíamos estudiado juntas cada día durante los seis meses anteriores a los exámenes finales. Aquella chica de ojos divertidos y alegres era más familia mía que la que me crió en mi infancia.
-          Ya me has encontrado. ¿Qué te has hecho en el pelo? – me burlé de ella.
-          Calla, anda. ¿Me queda tan mal? – hizo un puchero y parpadeó varias veces, en su memorable expresión de pena.
-          No. Fue peor cuando te lo teñiste de fucsia y te pusiste una rasta. Ahí sí que parecías una drogadicta. Ahora solo estás… desenfadada y juvenil.
Se rió muy alto, como siempre hacía. Siempre había sido muy vital; quizá fuera una de las razones por la que me gustaba tanto su compañía. Parecía contagiarme esas ganas de vivir, de luchar, que a menudo me faltaban.
Apoyé la cabeza en su hombro y cerré los ojos, disfrutando de la armonía de sus carcajadas.
-          ¿Va todo bien? – me preguntó sin más. Nos conocíamos demasiado bien.
-          No lo sé. Me siento… enferma. Creo que podría ser hepatitis o algo peor.
Kayla se quedó en silencio unos instantes, con su mano sobre la mía y removiendo el café dentro del vaso, otro de sus gestos habituales.
-          ¿Cuáles son los síntomas? – nuestra formación médica siempre acababa reluciendo, no había forma de evitarlo. Teníamos la medicina inyectada en las venas.
-          Sensación extraña en el estómago, inapetencia, alteración del pulso, pérdida habitual de la noción del mundo. Hay varias enfermedades que me cuadran, pero la hepatitis es la que más se acerca, en uno de sus primeros estadios.
Ella se quedó en silencio durante un rato, mientras me recorría el brazo con los dedos, en un gesto tranquilizador que me quería decir que estaba cavilando sobre lo que le acaba de decir. Finalmente, percibí que, incoherentemente, sonreía.
-          Sé de otra enfermedad que encaja mejor con los síntomas y es mucho más factible.
-       ¿Sí? ¿Cuál? – la miré a los ojos, verdaderamente intrigada. Ella me devolvió la mirada, con una enorme sonrisa en el rostro y un brillo curioso en los ojos que no auguraba nada bueno.
-          Parece ser que mi pequeña Dakota del Norte ha conocido, por fin, el amor. – Emitió una carcajada.
Puse los ojos en blanco, mientras resoplaba. Bebí otro trago de cafeína, para eliminar de mi cabeza todos esos tontos pensamientos que zumbaban de un lado para otro.
-          No digas tonterías, Kayla.
-      Ah, sí. Por supuesto. – Me acarició el cabello. – Cariño, te estás enamorando. Y el sentimiento ha irrumpido con tanta fuerza en tu vida y tan repentinamente que no te ha dado tiempo ni a darte cuenta. Pero, créeme, a mí era imposible que se me escapara.
Negué con la cabeza, pero sin quitarla de su hombro. Cerré los ojos, agotada de luchar contra la lógica de mi mejor amiga y contra mis propias esperanzas.
-          Ya me he enamorado antes y las sensaciones no eran tan fuertes.
-     Ah-ah. Error. Creías haberte enamorado, pero nunca habías sabido cómo era de verdad, nunca llegaste a enamorarte del todo, que es lo que te está pasando ahora. Déjame adivinar tus demás síntomas: sientes como si alguien te soplara los pensamientos, te late el corazón más rápido cuando estás con él, la vida te sabe a poco cuando no te aprieta contra su cuerpo y te susurra tu nombre al oído, acompañado de un “quiero tenerte en mi cama y en mi vida para siempre”. Te conozco, Dakota. Siempre has sido mi Dakota del Norte, fría, impasible. Te has negado a dejar que tu corazón viviera por libre, te has obligado a mantenerte alejada de una distracción tan grande como el amor. Pero no iba a durar para siempre. Al fin has encontrado tu sur. La persona que te desestabiliza y te complementa.
-          Apenas conozco a Mark desde hace dos meses. No puedo haberme enamorado. ¡Imposible!
-          Entiendo que me mientas a mí, pero, ¿hasta cuándo vas a mentirte a ti misma?
Me quedé en silencio, con la frente apoyada en el hombro de la persona que mejor me conocía en todo el mundo. Allí, oyendo el suave piar del inicio de una nueva estación, con el café enfriándose entre mis dedos, supe que Kayla, por mucho que me fastidiara, tenía razón.
Joder, me estaba enamorando. Me había prometido a mí misma no hacerlo, porque siempre, siempre, acabaría hecha pedazos. No estaba preparada para amar, ¡ni para que me amaran!
Pero no había escapatoria. Escucharlo de los labios de Kayla fue el último argumento que me hacía falta para darme cuenta de que, indudablemente, irremediablemente, violentamente, estaba cayendo presa de la sonrisa de Mark, de sus inteligentes ojos azules y sus labios peligrosamente sensuales. Había intentando evitarlo, poner barreras enormes que restringieran mis sentimientos, pero no había servido para nada. Solo había logrado no darme cuenta de algo tan aparentemente obvio y negarlo hasta parecer idiota.
Suspiré y me acabé los restos del café, mientras la última de mis defensas se derrumbaba por completo. Me erguí de nuevo, sintiendo la mirada de Kayla fija en mi rostro. La miré, sonriendo levemente.
-          Dejémoslo en un “quizás sí”. – Admití a regañadientes.
-      No te diré “¡lo sabía!”, pero dejaré que lo haga el gesto triunfante de mis cejas – puso su mejor expresión de victoria. Luego, me colocó una mano en el muslo y me dirigió una enorme sonrisa de aliento. - ¿Y, ahora, qué?
-          No tengo la menor idea, Kayla. Nunca había encontrado a mi sur.

   Así es como una neurocirujana pierde la cordura. Tenía ganas de escribir sobre ella y auguro una continuación muy pronto (no diré mañana por no meter la pata, pero ojalá pueda). No se puede huir enternamente los sentimientos, acabarán alcanzándote.
   El personaje de Kayla ha sido una improvisación, pero al final de las líneas, ya me tenía enamorada. Era justo lo que hacía falta, a mí y a Dakota, una mejor amiga atolondrada y divertida, pero que fuera razonable por las dos. Ahora solo falta saber qué pensará Mark, ¿no?
  Creo que me ha quedado bien. No tiene mucha profundidad en sí (la historia), pero es divertida (creo, espero). A lo mejor peco de optimismo y es una basura. ¿Opinión en los comentarios, por favor? Y gracias.



21 enero, 2012

¿Vienes? / Dakota.

  Me despertó el ruido de un cristal al chocar contra otro, ese sonido tan característico que consiguió sacarme del sueño. O quizá fue que percibí que ella se había escapado de mis brazos, no lo sé.
  La busqué con la mirada, pero no estaba en mi habitación. El despertador marcaba las tres y media y, por alguna razón, empezaba a acostumbrarme a despertarme sin Dakota a mi lado en la cama. No me gustaba, prefería el calor de su cuerpo desnudo contra el mío en las madrugadas.
  Salí del dormitorio en su busca, sin preocuparme de vestirme.
  Encontré a Dakota perdida en la cocina, rebuscando entre los armarios y con un vaso de agua reposando en la barra. Llevaba puesta mi camisa, sin nada debajo, y le cubría justo hasta donde terminaba su trasero, dejando sus largas piernas bronceadas a la vista. No recordaba que la visión de ninguna mujer en mi cocina antes me hubiera parecido tan sensual como sus curvas marcándose contra mi camisa, que le quedaba demasiado grande.
  -    ¿Se puede saber qué estas haciendo? – le pregunté con una sonrisa, apoyándome en la barra y bebiendo un poco de su vaso de agua.
  No pude evitar reírme al verla dar un brinco por el sobresalto de oír mi voz mientras trasteaba en mi cocina, como un niño al que hubieran pillado en medio de una travesura. Se giró, enarcando una ceja en un gesto de protesta.
  -    ¿Quieres provocarme un infarto? No se asusta a la gente así a las tres de la madrugada. – Se quejó. Se acercó hasta mí, por el otro lado de la barra, y me arrebató el vaso para beber un sorbo.
  -    La cuestión es qué haces curioseando en mi cocina.
  -    No podía dormir. – Puso los ojos en blanco. – Insomnio, a veces peor que un cáncer.
  -    ¿Te sucede a menudo?
  Me sorprendió descubrir aquel pequeño detalle de ella e imaginarla por las noches despierta en su cama, observando con aburrimiento el techo.
  -    Tomo unas pastillas para evitarlo, pero las he olvidado. Y, además, siempre me cuesta más cuanto estoy fuera de… mi cama – esbozó una sonrisa pícara.
  -    Quizá deberías volver a la cama para ver si consigo… ayudarte a dormir. – Me acerqué a ella, hasta que nuestras caras quedaron a apenas unos centímetros.
  -    ¿Vas a cansarme hasta que quede en coma por agotamiento?
  Aspiré hondo su aliento, ese aroma que me encantaba, femenino, ligeramente floral y de su champú de limón. Saboreé la cadencia de su voz mientras su proposición revolucionaba todas las hormonas de mi cuerpo.
  -    Ese era mi plan maestro – acerté a contestar. Luego, sin poderme contener, apresé sus labios con los míos.
  Alargué el beso todo lo posible, pero al final ella emitió una risa suave y se separó de mí.
  -    Deja que me termine el agua y soy toda tuya. – Me estaba haciendo sufrir, lo sabía, y me encanta. Adoraba la forma en la que jugaba conmigo, porque convertía mis rutinas en explosiones de color.
  -    De acuerdo. Mientras, cuéntame, ¿desde cuándo tienes insomnio?
  Mi intención había sido sacar un tema anodino, algo sobre lo que conversar a las tres de la madrugada de un viernes por la noche, pero no me esperaba que ella apartara la vista, que apretara la mandíbula y tensara los nudillos. Su reacción me puso sobre aviso del terreno pantanoso en el que me había adentrado.
  -    Bastante.
  -    ¿Quieres hablar sobre ello? – le acaricié la mejilla con cuidado, de arriba abajo, como había descubierto que le gustaba.
  -    No es agradable.
  -    No me importa – sonreí, para darle confianza. Ella inspiró hondo.
  -    Empezó el día en el que perdí a mi primer paciente en la mesa de operaciones. – Soltó de golpe, como si diciéndolo rápido le doliera menos.  Me mantuve en silencio. – El 25 de octubre de hace dos años. Acababa de terminar la interinidad y empezaba la residencia. No era mi primera operación en solitario, pero fue la primera que salió mal.
  Se obligó a beber agua para originar una pausa que me permitiera procesar toda aquella información. Carraspeó y continuó.
  -    Aquella noche, tumbada en mi cama, no pude conciliar el sueño. Solo pensaba en que había sido error mío, de algún modo; que había fallado durante la operación en algo y había matado a mi paciente. La culpa me desgarraba por dentro. Acabé yendo durante un tiempo a un psicólogo del hospital, que me hizo darme cuenta de que no era mi culpa. De que no siempre puedo salvar a todos mis pacientes, que algunos no tienen cura, por muy duro que sea. Lo acepté y me propuse, al menos, salvar más vidas con mis operaciones que las muertes que sucedieran.
  Me sonrío, mientras dejaba el vaso de agua vacío en el fregadero.
  -    Lo llevo a rajatabla. Pero el insomnio no se ha ido desde ese entonces. Los pensamientos empiezan a zumbar en el cerebro cuando intento dormir y necesito las pastillas. Pero bueno, son gajes del oficio. – Se encogió de hombros.
  -    Nunca me había planteando lo difícil que debe ser médico – dije a media voz, comprendiendo al fin su dolor. El porqué de su humor esa tarde en el ascensor. La compasión pintada en los rostros de los compañeros a los que saludaba. Y su frustración.
  -    Eh – susurró ella, entrelazando sus dedos con mechones de mi cabello. – Fue mi decisión y no me arrepiento. Me encanta la neurocirugía. Y, ahora, ¿qué tal si volvemos a la cama? – Me besó, lo que aligeró un poco el nudo que se había formado en mi estómago tras sus palabras.
  Ella se adelantó rumbo al dormitorio. Me quedé unos segundos mirándola, vestida solo con mi camisa y con el cabello suelto y enredado. Pensé en lo fuerte que era. En el sonido de su risa. En ella agarrada a mi cintura con fuerza en la moto. En lo mucho que me gustaba.
  -    ¿Vienes o qué? – me preguntó, girándose con esa sonrisa pícara que me enloquecía.
  Y no lo dudé ni un segundo más.

  No me gusta demasiado, pero quería subir algo, porque dudo que esta semana tenga tiempo de subir nada más. Dakota y Mark de nuevo. Como ya llevo cuatro entradas suyas (¡que se dice pronto!) he decidido abrirles un pequeño huequito en el blog.
  ¡¡Pero hay cambios!! Ahora, las historias "largas" están en una columna a la derecha. La primera es la de Arizia y Vic, que la he cambiado de sitio. Exactamente igual, pero en el lado contrario, para que la de Dakota y Mark (que se llama Midnight love y está justo debajo de la otra) no esté sola.
  Por lo demás, no hay muchos cambios, aunque ahora debajo de la imagen hay un pequeño texto. ¿Está bien así el diseño del blog o mejor como antes?
  Como siempre, agradezco muchísimo que lo leas y, si además me dejas un comentario, me sacarás una sonrisa. No lo dudes ni un segundo más.

14 enero, 2012

Una sonrisa pícara asomando a la comisura de sus labios. / Dakota.

  Apreté la mandíbula con fuerza y cerré los puños, clavándome las uñas hasta dejarme las marcas en la piel de las palmas de la mano, con los nudillos blancos.
  Clavé la mirada en el suelo para que nadie viera las lágrimas que estaban a punto de escaparse de mis ojos y me obligué a ser fuerte. Pulsé el botón del ascensor, desesperada por esconderme dentro y conseguir huir de aquello. Aunque, realmente, sabía que no había escapatoria.
  El ascensor emitió un sonido cuando llegó y me apresuré a meterme dentro, sin reparar en el otro único pasajero en mi viaje. Estaba pulsado el botón de la planta baja, mi destino también, así que me apoyé en una de las paredes y cerré los ojos, dispuesta a ignorar el mundo durante los dieciséis pisos que me separaban de mi coche.
  -    ¿Un mal día? – preguntó mi acompañante.
  Por un segundo, lo maldije para mis adentros por romper el silencio que tanto necesitaba. Pero… algo en su voz lo delató. Quizá el matiz con el que pronunciaba la d, como arrastrándola. Recordaba ese detalle con exacta precisión porque adoraba oírlo cuando pronunciaba mi nombre.
  Casi involuntariamente, sonreí. Y, de alguna manera, el enorme peso que cargaba ese día sobre mí se aflojó al volver a ver sus ojos azules y rememorar el sabor de sus labios.
  -    ¿Cómo me has encontrado tan rápido? – pregunté, devorándolo con la mirada.
  -    Tampoco fue tan difícil – se apoyó a mi lado en la pared y buscó mi mano con la suya. – Eres la mejor neurocirujana de la ciudad, ¿sabes? Una simple búsqueda en Google fue suficiente.
  Me reí, lo que aligeró aún más el nudo del estómago. Sentí como las lágrimas se secaban y desaparecían detrás de mis párpados cerrados.
  -    Y, encima, ¡trabajas en el hospital más grande del Estado! – exclamó él, fingiendo un tono de indignación. - ¿Subestimas mi inteligencia?
  -    La verdad es que el otro día no la pude apreciar en todo su esplendor. Apenas podías balbucear dos sílabas seguidas. – Repliqué, con el simple fin de molestarlo.
  -    Cierto. Maldita sea, tengo que dejar el alcohol. – Suspiró. – Así nunca conseguiré ligar.
  -    Conmigo funcionó – me encogí de hombros.
  Nos miramos a los ojos, pupila contra pupila durante una milésima de segundo antes de que nuestros labios empezaran a acercarse por cuenta propia. Sentí el impulso de parar el ascensor allí, entre dos plantas, y dejarle que me liberara por completo del dolor del día.
  Pero alguien había llamado al ascensor en la quinta planta y la puerta se abrió de repente, justo el instante antes de que consiguiera alcanzar su boca. Me separé de él de golpe, como si alguien me hubiera empujado, y observé a la persona que entraba en el diminuto espacio.
  Era una de las enfermeras-cotillas, como las llamábamos el grupo de cirugía. Estaba concentrada rellenando unos papeles, lo que me salvó de ser el cotilleo del hospital durante la siguiente semana. Levantó la vista y me miró por encima de sus gafas marrones. Luego, sus ojos se desviaron hacia Mark, para después regresar a mí. Sonreí.
  -    Buenos días, Marion.
  -    Buenos días, doctora Rise. – Respondió con tono aburrido.
  El resto del trayecto, Mark me dirigió miradas ardientes, suplicándome un beso por detrás de la maldita enfermera, pero yo me negué en todas las ocasiones. Tuve que contener la risa ante su puchero. Y descubrí lo mucho que aquel hombre me atraía con su actitud, el timbre de su voz y la manera en la que me hacía reír. Conseguía aliviar los tormentos de mi alma.
  Me siguió a una distancia prudencial hasta el garaje, mientras yo me despedía de otros médicos y enfermeras que me deseaban un buen día con educación y un toque de compasión que me sacaba de quicio.
  Cuando llegamos a la puerta que daba al sótano, él se adelantó mientras rellenaba unos documentos. Lo seguí con la mirada, intrigada.
  Me apresuré a ir detrás de él. Justo mientras cruzaba el umbral, una mano fuerte tiró de mí. Un gemido bajo escapó de mis labios, listo para desembocar en un grito, pero unos brazos fuerte me rodearon y acabé con la cabeza apoyada sobre un marcado pecho masculino. No grité, porque recordaba a la perfección al portador de aquella colonia masculina que alteraba mis hormonas.
  Entonces, quedé atrapada por sus labios y por sus brazos rodeándome, apoyada sobre él y él sobre la pared del garaje.
  No podría definir el tiempo que estuvimos allí, perdidos el uno en el otro, quizá porque estaba centrada en otra cosa. Probablemente por eso. Pero, finalmente,  hubo un momento en el que conseguí separarme de él.
  -    No voy a quedarme en el garaje de este maldito hospital ni un segundo más. – Susurré.
  -    Me parece bien. Vámonos de aquí.
  Me guió hasta una enorme moto negra y me tendió un casco, con una sonrisa pícara asomando a sus comisuras. Silenció mis quejas acerca del peligro de las motos y de que no podía dejar mi coche allí con uno de sus demoledores besos. Y ya no tuve nada que argumentar.
  Rodeé su cuerpo con mis brazos, aprovechando la excusa de no caerme de la moto. Una excusa terriblemente peligrosa.
  Cuando arrancó y la velocidad comenzó a ascender, mientras veía el paisaje pasar demasiado cerca, la adrenalina fluyó libremente por mis venas, inyectándome directamente un subidón emocional. En mi mente ya no hubo lugar para el dolor de haber perdido un paciente en la mesa de operaciones esa mañana, porque estaba saturada de Mark. Y me encantaba.

  ¡Quiero/necesito opiniones! No me vale  un "me gusta", quedáis advertidos. Algo un pelín más extenso.
  ¡Gracias de antemano!
  Canción de hoy:  Stay. La escuché hace muchíísimo y me encantó. Hoy la he recordado de nuevo y por eso está aquí.

08 enero, 2012

Que comience el juego, cariño. / Dakota.

Bajé las escaleras despacio, porque me sentía incapaz de mantenerme en equilibrio sobre los tacones de aguja con aquella sensación oprimiéndome el pecho. Me detuve un segundo para respirar profundamente, para alejar de mí la sensación de estar ahogándome con el oxígeno que me llenaba los pulmones.
Ojalá no fuera así, pero me estaba resquebrajando. El alcohol ya no me hacía ningún bien y, definitivamente, estaba cansada de saltar de cama en cama, mientras los rostros borrosos de desconocidos que no volvería a ver se convertían en una neblina translúcida.
Por mucho que quisiera hacerme la fuerte, con todas aquellas parrafadas absurdas de evitar el amor y buscar sexo esporádico, mentía con cada falso sarcasmo y con cada broma ocultando la triste verdad de mis deseos. Al igual que cualquier otra chica tonta, buscaba el amor, las estúpidas mariposas en el estómago y los besos en el pelo cuando te acurrucas contra él en las noches frías. Solo que, a diferencia de esas otras chicas, yo era más irracional, apasionada e independiente, lo que me daba esa apariencia engañosa que repelía las relaciones estables.
Aquel chico me había gustado de verdad. Mark.
Su nombre me hizo sonreír, apoyada en la barandilla, aun parada, mientras recordaba su tímida mirada a través del bar, de una punta de la barra a otra. Cómo se había acercado lentamente, ya ligeramente embriagado y me había soltado un manido “Eres preciosa, ¿sabes?”. Pero en sus labios el halago había sabido a gloria. Aunque ni la mitad de lo fabuloso que era el sabor de sus dulces labios y del tacto de sus manos sobre cada parte de mi cuerpo mientras me desvestía, con la desesperación pintada en su mirada. Durante ese instante, me había sentido extrañamente poderosa, como si él estuviera bajo mi hechizo. Me había encantado, de la misma forma en la que me había llevado al éxtasis cuando me llamó cariño al llegar al orgasmo.
Las pisadas de alguien bajando las escaleras me hicieron darme cuenta de que estaba en medio de la escalera, embobada con mis recuerdos y mirando una pared completamente blanca.
Negué con la cabeza y continué bajando, cuando un grito me hizo darme la vuelta.
-          ¡Dakota! – era su voz. El mismo tono apremiante con el que me había dicho aquel placentero cariño.
Me quedé quieta, sin saber qué hacer. Él dobló la esquina y apareció en mi campo de visión, solo con unos vaqueros puestos y la camisa a medio abrochar, descalzo. No pude contener una pícara sonrisa, pero sí las ganas de volver a besarlo.
-          ¿Sí? – respondí, enarcando una ceja.
-           Yo… esto… - Frunció los labios, inseguro. – Quería decirte que… anoche me lo pasé mejor que bien. Fue… completamente maravilloso. Nunca había conocido a nadie como tú.
Parpadeé un par de veces y me rasqué el brazo, incómoda.
-          Pues… gracias. Ya te dije que para mí también…
-          Escúchame. – El tono de su voz me hizo mirarlo. – Sé que para ti fue solo sexo, pero quiero… de verdad que sí, volver a verte. Una cena. O llevarte al cine, o a bailar. Me da igual.
-          ¿Me estás pidiendo una… cita?
-          Sé que no buscas amor de larga duración, pero…
-      Supongo que podría probar eso de una cita – me encogí de hombros, con indiferencia, aunque mi estómago estaba saltando de la emoción.
-       ¿Me vas a dar tu número entonces? – ladeó la cabeza, recorriéndome entera con sus ojos inquisidores. Tuve que apretar la mandíbula para resistir el impulso de volver a llevarlo a su cama y desvertirlo.
Abrí la boca para recitárselo, pero lo pensé mejor. Sonreí. Aquello podría ser más divertido para ambos y no limitarnos a una aburrida salida.
-          ¿Qué te parece si lo descubres tú? Si estás de verdad interesado en volver a verme, deberías de poner esfuerzo suficiente en encontrarme.
Se lo pensó un instante, pero por la forma en la que esgrimió su sonrisa juguetona supe que también había quedado encerrado en el juego.
-          Entonces, necesitaré algo más de información. Solo sé que te llamas Dakota, que te gusta tomarte el limón antes del tequila directamente de la piel de la mano de un hombre y que eres increíble bajo las sábanas. Y, fuera de ellas, también.
-          ¿No tienes suficiente con eso? – pregunté, mordiéndome el labio para provocarlo.
-          Dame al menos un apellido, ¿no?
Puse los ojos en blanco para hacerme la difícil, pero hubiera estado dispuesta a darle hasta mi dirección de habérmela pedido.
-          Rise. Dakota Rise. ¿Crees que con eso bastará? – lo estaba retando y él lo sabía.
-          Espero que sí.
Nos retamos con la mirada, hasta que, sin que yo lo previera, él me tomó entre sus brazos y me marcó con un beso claramente pasional que me puso todos los pelos de punta.
-          Nos veremos pronto, Dakota Rise.
-          Lo estoy deseando – le susurré al oído antes de separarme de él.
Me alejé de allí contoneándome sobre los tacones, mientras sentía su mirada clavada en mi cuerpo.
El juego había comenzado.

Bueno, lo prometido es deuda. Probablemente, no vuelva a subar nada hasta dentro de unos cuantos días. El inicio de las clases nunca me hace demasiada ilusión, con la llegada de un aluvión de exámenes y trabajos, deberes y compañeros pesados. Esperemos que venga un buen trimestre (y te deseo lo mismo).
 Hoy no hay canción. Solo me quedan las ganas de acurrucarme bajo la manta y desaparecer. Pero nada, habrá que levantarse mañana de nuevo (y, encima, a las 7).